Book Presentation by Ricardo Wiesse (2024) – Spanish

Book Presentation by Ricardo Wiesse (2024) – Spanish

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Book Presentation by Ricardo Wiesse 2024

He visto esta muestra varias veces y releído el texto introductorio que compuse hace casi un año, y reafirmo cada una de mis aseveraciones. Solo caben miradas calladas, respetuosas ante espacios que han dejado de ser profanos para conectarnos con otra dimensión, donde reina el silencio. Aunque aquí sobran adjetivos, construcciones cerebrales, explicaciones o historias previas, intentaré ahora dar cuenta de mis impresiones. El pintor ha volcado su vida en estos cuadros. Ante cada una de estas piezas reconocemos no solo las horas insumidas en el trabajo manual, sino el trasfondo comprometido con los valores e ideales a los que responden.

 

Estas pinturas no son solo pieles deslumbrantes: son organismos que laten, vibran, se autocelebran como conquistas de un control sostenido a todo lo alto y largo de sus rectĂĄngulos, donde el ejecutante no ha descuidado un centĂ­metro cuadrado, como el pianista que interpreta impecablemente su partitura en tĂ©rminos formales y expresivos, desde la primera hasta la Ășltima nota. La sensaciĂłn que impregna al espectador cuando deja esta sala puede resumirse, sin temor alguno a exagerar, en la expresiĂłn de mi amigo RaĂșl GutiĂ©rrez: “Es milagrosa”.

 

El contraste entre la realidad caótica, anómica del presente planetario y las obras que aquí vemos no puede ser mayor: por el lado de la “realidad”, todo parece desmoronarse, involucionar, perderse en la oscuridad que retorna a la indiferenciación, engendrar presentimientos fatídicos. Endebles como castillos de naipes, nuestras instituciones sociales colapsan sin horizonte nuevo a la vista, ahogadas por la codicia y arbitrariedad que socavan nuestra historia desde hace siglos. Descabezados, con la esfera política secuestrada por la corrupción extendida a todos los ámbitos y la Naturaleza herida hasta su descuartizamiento, caminamos directo al abismo. En medio del caos, Peschiera ha reunido sus pinturas y levantado con ellas esta zona liberada, incontaminada, que mantiene en el exterior las fuerzas de la disolución.

 

Pintada de violeta negruzco, vestida, como vemos, con los cuadros distribuidos impecablemente entre sus muros, esta sala se convierte en un nĂșcleo de resistencia declarada a la desesperanza. Su creador ha librado una batalla prolongada con las ideas y convenciones sociales, culturales y artĂ­sticas que lo rodean. Aferrado a su propio mĂĄstil, ha ahondado vĂ­as prefiguradas por Ă©l hace dĂ©cadas, despojĂĄndose de todos los objetos simbĂłlicos que no fueran el muro. Sus “mantos” testimonian un respeto y apego profundos por los escenarios de este mundo, exaltados por el recuerdo de paisajes reales y el aprendizaje deleitado de maestros pintores de toda la historia del arte. Laborioso, disciplinado, amante de su oficio, domina tĂ©cnicas antiguas que han caĂ­do en desuso hasta prĂĄcticamente extinguirse en estos reinos del cortoplacismo, la inmediatez, el entretenimiento trivial, volĂĄtil.

 

En el catĂĄlogo elaborado por Nelly Murdoch, varias fotografĂ­as a doble pĂĄgina enfocan libros, pinceles, frascos con pigmentos en polvo: los insumos de un pacto vital en permanente estado de combustiĂłn. El volumen que presentamos esta noche incluye imĂĄgenes de espectadores y sus sombras mĂłviles ante los cuadros estĂĄticos, que no solo dan una idea de la escala de las obras: aluden, testimonian la fugacidad inevitable de este montaje, de esta muestra que pasarĂĄ a alojarse en la memoria de quienes la vimos y apreciamos como un regalo que despierta, amplĂ­a y refuerza aspiraciones trascendentales, mĂĄs allĂĄ de la razĂłn y de los monstruos anunciados por Goya.

 

Un largo camino ha llevado a Peschiera a sus formatos grandes, en los que se intensifica el efecto hipnĂłtico del color, aplicado en mirĂ­adas de toques de pincel, puntos y comas que repiten un gesto siempre vivo, esplĂ©ndidamente variado. La gran escala permite desplegar en toda su extensiĂłn los lujos de sus campos cromĂĄticos, logrados por gradaciones de tono y matiz extremadamente sutiles, calibrados con tal exactitud que transmiten –por las vĂ­as ilusorias de la pintura– una impresiĂłn de dureza comparable a la del espacio arquitectĂłnico, tridimensional y tangible que los aloja. Las figuras geomĂ©tricas –los sĂłlidos, las formas mĂĄs simples, universales, atemporales– emergen desde una memoria remota de la especie. Como regiones cerradas del espacio, son estables, perfectas, regulares, medibles. Inmunes al cambio, reflejan la razĂłn y la cifra suprema que gobierna y armoniza el cosmos. Imponentes, fantĂĄsticas, trazadas con un control insĂłlito, las masas edificadas por Peschiera nos hunden suavemente en las perspectivas rigurosas de sus hiladas, que dejan de ser acumulaciones de ladrillos para transformarse en partituras visuales.

 

Es probable que dentro de los edificios altos se medite y rece desde un amanecer no visto, por lo menos desde este lado, donde el muro ciego impide ver a sus ocupantes, guardianes imaginarios de un tiempo estĂĄtico, aislados del mundo transitorio, habitantes por anticipado de la eternidad a sus espaldas. Su arquitecto no les ha asignado otra funciĂłn que la de visibilizar sentimientos, ideas e intuiciones que solo pueden concretarse pintĂĄndolas.

 

Las composiciones mĂĄs complejas ensamblan bloques cĂłncavos y convexos en juegos de complementariedad volumĂ©trica precisamente ajustada al perĂ­metro. Entre bloque y bloque asoman resquicios, pasadizos discretos, que invitan a internarse imaginariamente detrĂĄs de estos. Todo apunta a lo alto, sin espectacularidad ni ostentaciĂłn: sus monumentos reactualizan los ideales postergados, marginales de la austeridad y el despojamiento, vehĂ­culos de una ascensiĂłn a un plano superior del existir, inteligente y sensible, de realizaciĂłn humana. Lisas, parejas, libres de accidentes, las superficies pintadas vibran con los toques de colores yuxtapuestos, agitados como rastros diminutos de los golpes o caricias del pincel, puntos y comas, corpĂșsculos –o ĂĄtomos– suspendidos que calzan inquietantemente con unos versos del poema didĂĄctico De Rerum Natura (Sobre la naturaleza de las cosas) escrito en Roma medio siglo antes de Cristo, en los que el autor –Lucrecio, considerado el autĂ©ntico creador del materialismo cientĂ­fico– describe el fenĂłmeno de la luz:

 

 “Aunque no sean visibles por sí mismos,

 Los corpĂșsculos y las imĂĄgenes de las cosas

 Flotan en la luz, como cuando el sol sale

 Y algo brillante, que emiten los cuerpos,

 Parece flotar en el aire”.

 

Los toques de pintura en los lienzos de Peschiera nos sumergen en el mismo tema –la luz– y arriban a conclusiones sorprendentemente afines, separados por solo dos milenios. Algunos paños tienen el peso y la consistencia de la piedra o la tierra cocida; otros, la fluidez del agua, la ligereza del aire o la potencia del fuego. Un par de fachadas rojas percute sin pausa detrĂĄs de los ojos, y ahĂ­ se instala, con sus luces sanguĂ­neas, capturadas de ocasos flamĂ­geros para fijarse como rubĂ­es en la memoria. Esas intensidades mĂĄximas han sido alcanzadas con gestos pictĂłricos repetidos, controlados, reducidos al mĂ­nimo en cada una de las variaciones singularizadas del tema que las hermana para envolver al espectador en una atmĂłsfera fascinante, cĂĄlida, apaciguadora. Sedimentados capa tras capa, los pigmentos han madurado esplĂ©ndidamente en cada lienzo. Los matices delicadamente diferenciados de sus pieles conjugan y reformulan en clave pictĂłrica interrogantes atemporales de alcance universal.

 

El pintor admite que “fuerza un poco las cosas”, consciente del efecto complejo que la obra desata en el espectador. Su objetivo principal es incuestionablemente el color. Peschiera ha llevado al color a un punto de desarrollo que asombra. O el color es el que ha llevado a Peschiera por su vĂ­a regia. En todo caso, el pintor y sus colores –en realidad, los que ha tomado prestados de sus maestros y los que misteriosamente ha ido concertando en su paleta– se funden en la unidad lograda de cada pieza. Ceñidos a un esquema compositivo prefijado, exhiben sus variaciones Ășnicas, irrepetibles, desprendidas de una bĂșsqueda sin concesiones de armonĂ­as cada vez mĂĄs refinadas. Solo una tĂ©cnica depurada habilita a forzar “un poco las cosas” de manera tan persuasiva.

 

El color no miente: llevarlo a un nivel musical es arduo, pero una vez lograda, la victoria es incontestable. Conquistada la luz, todo es posible. El de Peschiera no ha sido un rapto sĂșbito, prometeico, sino el resultado de una entrega paciente y dedicada al trabajo, de un tenaz, meticuloso entrenamiento, de una vida dedicada a ver con los ojos y la mente, de dialogar con las obras que lo atrapan, un catĂĄlogo enorme, abierto, guiado por su mirada reflexiva. En sus colores encontramos resonancias intrincadas, ecos de maestros antiguos y presencias contemporĂĄneas, filtrados por una sensibilidad que apunta siempre a lo mĂĄs alto, armĂłnico, sublime.

 

Sin proponĂ©rselo, el artista actĂșa como un conector entre este mundo amenazado por la insensatez de su especie dominante y la magia visible del lenguaje poĂ©tico, de los sĂ­mbolos, de las aspiraciones humanas mĂĄs genuinas. Libre de implicancias confesionales, su religiosidad reluce calladamente, como la donaciĂłn gratuita de un espĂ­ritu a otro, sin intermediarios, corsĂ©s o dogmas. Habla la lengua originaria desconocida que alienta en todo individuo, abierta a la epifanĂ­a, a la revelaciĂłn, a lo inefable.

 

Estos cuadros emanan un silencio remoto, primitivo, fundamental. Sus calidades casi irreales corresponden a la esfera de lo mĂĄgico. Son receptĂĄculos de quietud, de paz imperturbable, y el envĂ©s, la cara visible de la realidad oculta detrĂĄs de los cambios que nos aguarda, el prĂłximo punto de nuestro itinerario, cuando nos hayamos liberado del espacio y del tiempo, y dejado de preguntarnos “¿quĂ© hay detrĂĄs de estos muros?”.

 

Como un monje del desierto, el artista centrado en sĂ­ mismo se ha apartado del ruido del mundo y sus distracciones para ingresar en el mutismo del enigma, de los movimientos intransferibles del alma mĂ­stica. Sus pinturas pueden recordarle al espectador despistado que en su interior duerme una grandeza ignorada, que de repente estĂĄ viviendo una milĂ©sima fracciĂłn de su potencial consciente y afectivo, que se estĂĄ conformando con lo bajo, vulgar, descartable de la cultura actual, que permanecer acrĂ­ticamente en su zona de confort puede eventualmente, en un momento de lucidez, resultarle degradante. La pintura, como todo arte, tiene el poder de desatar revelaciones, como pide el poeta Rilke en Torso de Apolo arcaico: “Debes cambiar tu vida”. Puede llegar a ser, efectivamente, milagrosa, mientras el mundo se cae a pedazos.

 

Étudiant passionnĂ© des traditions culturelles du soi-disant Vieux Monde des conquĂ©rants chrĂ©tiens de l’AmĂ©rique, Peschiera s’est familiarisĂ© avec l’univers symbolique de l’architecture mĂ©diĂ©vale, avec les maĂźtres peintres de la premiĂšre Renaissance, avec les maniĂ©ristes et avec les modernes assimilĂ©s par son esprit critique, nettement sĂ©lectif. Dans ses Ɠuvres, les tonalitĂ©s chromatiques de la cĂŽte dĂ©sertique de son pays natal persistent Ă©galement, bien que voilĂ©es, Ă©vocations d’un lien nostalgique qu’il ne veut pas perdre. « Être pĂ©ruvien, a-t-il dĂ©clarĂ©, et aimer profondĂ©ment l’art et la culture europĂ©ennes, ĂȘtre immergĂ©, mais savoir toujours que je ne suis pas europĂ©en et que je ne pourrai pas l’ĂȘtre, que je serai toujours loin, constitue une grande partie de ma pĂ©ruvianitĂ©. Point final. Il n’est pas pertinent d’approfondir cette question: ses rĂ©alisations visuelles le distinguent comme un crĂ©ateur cosmopolite indĂ©pendant et rĂ©flĂ©chi, lancĂ© dans la recherche d’un contenu transcendant, sans aucune concession aux contraintes changeantes des goĂ»ts actuels et du marchĂ©.

 

Dans un sens opposĂ© Ă  celui de l’avant-garde artistique qui, il y a plus d’un siĂšcle, a renoncĂ© Ă  ses propres fondements civilisationnels et a eu recours Ă  l’exotisme des pĂ©riphĂ©ries « primitives » Ă  la recherche d’un air pur, Peschiera plonge fondamentalement dans l’antiquitĂ© grĂ©co-latine classique et son hĂ©ritage ancien. Solitaire – bien que non isolĂ© – sa vision et sa pratique remettent en question les impositions de la pensĂ©e dominante, autoritaire et discriminatoire, typiques de notre prĂ©sent tanatisĂ©, soumis au fanatisme et aux peurs irrĂ©ductibles. Comment un tempĂ©rament comme le sien rĂ©agit-il aux dĂ©rapages de la marche collective vers l’autodestruction, malgrĂ© les avancĂ©es scientifiques et technologiques qui Ă©tonnent chaque jour?

 

Les peintures de Peschiera s’inscrivent dans un plaidoyer Ă  contre-courant – bien que marginal, Ă  peine visible, rĂ©duit au silence sous les dissonances dominantes – pour prĂ©server les valeurs dans tous les domaines et dans tout ordre de choses. DĂ©diĂ© Ă  la culture d’idĂ©aux inaliĂ©nables, il affronte le dĂ©fi persistant de la mort collective avec les armes disponibles de sa crĂ©ativitĂ© mentale et manuelle. Il s’agit d’un combat tenace, calme et lucide contre les sorties de secours et les fausses idĂ©es sur l’immĂ©diatetĂ©, rĂ©pandues sur la surface de la terre. Avec obstination, l’artiste imagine et conquiert des espaces libĂ©rĂ©s du cauchemar ambiant. Dans son Ɠuvre, le principal protagoniste de l’art de la peinture domine, souverain, autonome, imperturbable : la couleur. Ses compositions immobiles, sereines, empreintes de qualitĂ©s contemplatives, sont des dĂ©cors vides, radicalement dĂ©pourvus de toute agitation et prĂ©sence animĂ©e. Le spectateur y est immergĂ©, baignĂ© de transparences chromatiques semblables Ă  celles des vitraux mĂ©diĂ©vaux. DĂ©licates au plus haut point, ces dĂ©gradĂ©s tonals semblent issus d’un univers alternatif, contrastant dans leur perfection harmonieuse avec la sombre violence du monde qui implose sous nos regards stupĂ©faits. DiscrĂštement, le peintre – malgrĂ© ou grĂące Ă  son agnosticisme dĂ©clarĂ© – persĂ©vĂšre et fouille inlassablement, confiant dans les capacitĂ©s supĂ©rieures qu’il reconnaĂźt en lui-mĂȘme et, par extension, en l’humanitĂ© tout entiĂšre. Souterrainement, sa pratique imite celle de ses ancĂȘtres des catacombes romaines, qui laissaient derriĂšre eux leurs emblĂšmes salvateurs avant d’ĂȘtre dĂ©vorĂ©s par des bĂȘtes sauvages rendues folles par la faim. L’une de ses dĂ©clarations est particuliĂšrement Ă©clairante: «Le lien religieux n’est peut-ĂȘtre plus lĂ , mais la trace demeure.»

 

«Ma peinture n’aurait pas pu exister Ă  une autre Ă©poque», prĂ©cise-t-il. La pierre angulaire de son mĂ©tier, ses connaissances techniques – atypiques Ă  notre Ă©poque – proviennent de fournisseurs aussi prolifiques et abordables que jamais dans l’histoire, qu’il dĂ©finit comme «l’énorme inventaire hĂ©ritĂ© Ă  travers les Ăąges ». Son culte du travail manuel l’a amenĂ© Ă  Ă©tudier, parmi d’innombrables traitĂ©s, les 189 chapitres du Livre de l’Art de Cennino Cennini – Ă©lĂšve d’Agnolo Gaddi, initiĂ© Ă  son tour par son pĂšre, Taddeo, filleul et disciple pendant 24 ans du grand Giotto – ainsi que de contacter personnellement des artistes comme Tilsa Tsuchiya, qui lui a insufflĂ© son goĂ»t pour la qualitĂ© de la surface picturale, ainsi que sa dĂ©couverte de la peinture appliquĂ©e par glacis. Une autre grande peintre pĂ©ruvienne, Julia Navarrete, qui sans interruption a exercĂ© sur lui son enseignement depuis ses jours lointains Ă  l’École des Arts Plastiques de l’UniversitĂ© Catholique du PĂ©rou, oĂč son directeur Adolfo Winternitz rĂ©pĂ©tait comme un mantra que le travail de l’artiste consistait en «10 pour cent d’inspiration et 90 pour cent de transpiration.»  Ses prĂ©occupations intellectuelles l’ont amenĂ© pendant plusieurs semestres dans les classes d’enseignants aussi Ă©minents que l’humaniste George Steiner, Ă  se familiariser avec la littĂ©rature moderne ainsi qu’avec les textes des Premiers PĂšres de l’Église – OrigĂšne, Jean DamascĂšne, Augustin d’Hippone – et Ă  s’aventurer temporairement dans les monastĂšres cisterciens pour expĂ©rimenter de premiĂšre main l’austĂ©ritĂ© quotidienne de leurs occupants. Ses thĂšmes picturaux tĂ©moignent fidĂšlement du mĂȘme renoncement radical et de la mĂȘme approche respectueuse de la rĂšgle stricte de ces renonçants, aux antipodes de l’hĂ©donisme Ă©cervelĂ© qui distrait et soumet le profane commun et ordinaire.

 

Peschiera se dĂ©crit comme « quelqu’un qui aime la peinture » et reconnaĂźt: «Ma peinture et son espace et mĂȘme sa couleur ont quelque chose de intrinsĂšquement italien.» Avec cela, il revendique gĂ©nĂ©tiquement une sensibilitĂ© nourrie par ses visites artistiques exhaustives au pays de ses aĂźnĂ©s. Sans prĂ©tention, il erre toujours en admirant musĂ©es et monuments, et suit involontairement le chemin du magicien des cavernes, de l’ermite du dĂ©sert, de l’architecte roman, du tailleur de pierre gothique et de l’avant-gardiste solitaire, devenu un mĂ©dium qui relie le haut et le bas. Transmetteur de beautĂ©s avide et laborieusement assemblĂ©es, il vit pour peindre, convaincu que sa routine devant le chevalet se transmue en Ă©panouissement personnel. Alors seulement, il devient le premier spectateur de naissances Ă©tonnantes, gĂ©nĂ©rateur de sens et de surprises incomparables. FascinĂ© par le pouvoir Ă©motionnel et sensuel de la couleur, il vĂ©rifie Ă  quel point chaque bande de l’arc-en-ciel influence le contenu du tableau: «C’est comme si les tableaux exprimaient un besoin d’ĂȘtre, leur urgence d’exister.»

 

Les possibilitĂ©s infinies de superposition, la proximitĂ© ou le voisinage des champs de couleur – comme le dĂ©montrent les Ɠuvres de Mark Rothko et Josef Albers, le premiĂšres «atmosphĂ©riques» et les autres «hard-edge» – ainsi que leurs approches et variations, fonctionnent comme des «garants du non-Ă©puisement des formes ». Si Ă  ses dĂ©buts Peschiera gardait ses distances avec la meilleure peinture du siĂšcle dernier (« l’avant-garde, affirmait-il, n’avait que peu ou rien Ă  voir avec mon rapport Ă  la vie ou au monde »), son apprĂ©ciation changea au fil du temps devant l’Ɠuvre paradigmatique de Kazimir MalĂ©vich et de ses disciples, notamment certains minimalistes amĂ©ricains. InspirĂ© par l’affirmation « moins c’est plus », inventĂ©e par l’architecte Mies Van der Rohe, les carrĂ©s (presque) monochromes d’Ad Reinhardt, les trames rĂ©ticulaires d’AgnĂšs Martin, la «religiositĂ© sans images» de Brice Marden et une longue liste d’autres, influencĂšrent de maniĂšre dĂ©cisive le revirement notable de sa peinture au cours des derniĂšres dĂ©cennies, en enflammant sa palette il remit l’accent sur le plan comme rĂ©ceptacle d’interactions rĂ©verbĂ©rantes, des vibrations joyeuses. Ce carrefour amena le peintre Ă  prĂ©ciser sa volontĂ© de «forcer un peu les choses» en les «transfigurant».

 

Loin des dĂ©sirs mimĂ©tiques, Peschiera Ă©rige des murs fantastiques, lisse les façades incrustĂ©es de topazes, de saphirs, d’émeraudes, d’amĂ©thystes et d’innombrables particules de joyaux, solidement cimentĂ©es par la gĂ©omĂ©trie. Ces Ă©tudes architecturales – pensons-nous – auraient comblĂ© Georges Seurat comme l’accomplissement de ses rĂȘves et de ses intuitions les plus audacieuses. Sa technique dĂ©mantĂšle perceptivement la continuitĂ© visible commune en unitĂ©s minuscules, fusionnĂ©es par la science de la couleur : un rĂ©gal pour l’Ɠil contenu dans les approches prĂ©maturĂ©ment tronquĂ©es du maĂźtre pointilliste français. La main et l’entendement sensible pulsent ces plans splendides, dĂ©passent qualitativement la rĂ©alitĂ© habituellement observable et atteignent des dimensions auratiques aussi familiĂšres aux anciens qu’étranges aux vues actuelles, satisfaites et atrophiĂ©es par leurs appareils et leurs pixels.

 

Un arc de soixante millĂ©naires s’élĂšve entre l’art aborigĂšne d’Australie – la culture vivante la plus ancienne de la planĂšte, oĂč le « point » fonde les recrĂ©ations du Temps du RĂȘve jusqu’à aujourd’hui – les Ɠuvres tardives de Vermeer, le « chromoluminarisme » – ou « divisionnisme » – post- l’impressionnisme de Seurat et Signac, les surfaces pointillĂ©es du cubisme synthĂ©tique parisien dites « confettis » et les points « benday » de Roy Lichtenstein. Dans ses textes thĂ©oriques, Vassili Kandinsky dĂ©finit le point comme « l’unitĂ© la plus simple de l’image », dont la rĂ©pĂ©tition permet d’obtenir « des sonoritĂ©s visuelles diffĂ©rentes ». Ce rĂ©cit succinct n’entend pas Ă©puiser les prĂ©cĂ©dents des Ɠuvres Ă©voquĂ©es ici, mais seulement donner une idĂ©e de l’omniprĂ©sence de cet Ă©lĂ©ment primordial de la peinture, « origine », selon les mots de Kandinsky, «du reste des formes naturelles».

 

Solides, massifs comme les figures gĂ©omĂ©triques de base, les parallĂ©lĂ©pipĂšdes construits par Peschiera se dressent les pieds fermement ancrĂ©s au sol. Ses formes Ă©lĂ©mentaires reposent sur la mesure rigoureuse et patiemment calibrĂ©e des structures linĂ©aires projetĂ©es comme un hĂ©bergement sĂ»r pour les dĂ©ploiements chromatiques ultĂ©rieurs, des plans diffĂ©renciĂ©s par les tons de leurs orientations lĂ©gĂšrement contrastĂ©es, sans aucune allusion aux heures ou au passage du temps lui-mĂȘme occasionnant les ombres projetĂ©es par la source lumineuse, le Soleil.  AjustĂ©s au pĂ©rimĂštre quadrangulaire, posĂ©s avec la prĂ©cision des grands perspectivistes (Alberti, Uccello, Da Vinci), dans ces Ă©crans polychromes se dissolvent les dichotomies conventionnelles figuration/abstraction, passĂ©/prĂ©sent, et l’opposition gravitationnelle entre peinture rĂ©tinienne et art conceptuel, aussi captivante que la personnalitĂ© insolente, ludique et subversive de son auteur, Marcel Duchamp. Les inventions de Peschiera ne peuvent ĂȘtre attribuĂ©es Ă  aucun style antĂ©rieur, hormis son air roman vague et lointain. Si nous renonçons aux allusions au monde physique – aux sols et aux ciels statiques qui les encadrent – il ne restera que des parallĂšles horizontaux progressifs, symĂ©triquement arquĂ©s, des schĂ©mas Ă  peine diffĂ©renciĂ©s les uns des autres. Ce sont des constructions abstraites, concrĂ©tions d’objets logĂ©s dans l’esprit, qui dessine, tourne, scrute Ă  volontĂ© et navigue dans des labyrinthes intellectuels jusqu’à les transformer en captures oniriques. Ils n’imitent rien. Elles s’ouvrent comme des corps et des partitions autonomes oĂč rĂ©sonnent des harmonies visuelles, configurĂ©es par elles-mĂȘmes comme des expressions inclassables d’une gestation lente et sĂ»re, assignables – Ă©tant donnĂ© que l’art pictural manque de muse spĂ©cifique dans le panthĂ©on grec – Ă  Terpsichore, «celle qui se plaĂźt Ă  danser».

 

Il est amusant d’imaginer ce qu’aurait pensĂ© Marcel Duchamp des peintures Ă  la tempera Ă©mulsionnĂ©e de Peschiera, si sĂ©duisantes pour le cristallin et en mĂȘme temps porteuses d’idĂ©es Ă©laborĂ©es par besoin expressif. Ces considĂ©rations nous amĂšnent Ă  rĂ©pĂ©ter un truisme: il n’y a pas d’art sans concepts. Peut-ĂȘtre l’auteur des Ready-mades aurait-il pris ses distances avec ses jeux linguistiques ingĂ©nieux et rĂ©vĂ©lateurs et se serait-il ouvertement rĂ©conciliĂ© avec les mystĂšres de l’art pictural et son silence consubstantiel. (Ce n’est un secret pour personne, malgrĂ© ses dĂ©clarations incendiaires, le grand Marcel n’a jamais cessĂ© de peindre). Peut-ĂȘtre, face Ă  ces dĂ©ploiements picturaux mĂ©ticuleusement pensĂ©s et fabriquĂ©s – complexement sensibles et intellectuels – aurait-il plaidĂ© pour une re-matĂ©rialisation de l’art plus que pertinente et nĂ©cessaire.

 

Que trouve-t-on derriĂšre les Manteaux (Mantos), de ces façades Ă©blouissantes, sinon un paysage peuplĂ© de symboles antĂ©rieurs, Ă  savoir des barques, des coquillages, des tables, des puits, des bols, des cloches et autres rĂ©cipients du vide ? Un chemin long et sinueux a conduit le peintre Ă  concevoir et dĂ©velopper ces plans stratifiĂ©s par des lignes prĂ©cises, ces lignes nues, progressivement arquĂ©es comme des livres ouverts qui nous enveloppent entre de subtiles modulations. Un souffle lyrique, calme, imposant, Ă  la fois solennel et lĂ©ger, resplendit dans ces assises de pierre ou de brique. L’identification du matĂ©riau n’a pas d’importance : ce n’est que de la peinture tout-court, juste des touches de tempĂ©ra Ă  l’Ɠuf, une recette hĂ©ritĂ©e de Byzance, des manuscrits miniaturisĂ©s, des moines ermites qui volent invisibles sur ces surfaces. SculptĂ©s avec une diligence exceptionnelle, ces murs condensent une signification unique, inhabituelle en ces temps orphelins, dĂ©pourvus d’aspirations plus Ă©levĂ©es, dominĂ©s par le dĂ©sir de rapiditĂ© et d’efficacitĂ© productive, prĂ©mĂ©ditĂ©e, inĂ©vitablement jetable.

 

ArrĂȘtons-nous briĂšvement sur le titre qui regroupe les architectures: «Arches/Karakoram-Paysage». La triade provoque un effet enchanteur, abracadabrant, euphonique, faisant simultanĂ©ment rĂ©fĂ©rence au rĂ©el-gĂ©ologique (la chaĂźne de montagnes appelĂ©e Karakorum en turc, qui signifie « roche noire», Ă©quivalent au terme Krishnagin, «montagnes noires», en sanskrit), Ă  l’histoire biblique (l’arche du DĂ©luge ou celle de l’Alliance du peuple hĂ©breu avec YahvĂ©) et une signification fantastique du paysage vu comme somme et rĂ©ceptacle de sommets architecturaux. Les noms associĂ©s contiennent leur propre logique. Ils expriment dans le ton personnel de Peschiera la complexitĂ© contenue dans ses constructions apparemment simples. Rien de gratuit, des Ă©nigmes verbales ajoutent des couches de sens Ă  la myriade de touches chromatiques qui se chevauchent.

 

La peinture est la couche externe et visible des prĂ©occupations qui bouillonnent au sein de l’artiste. Sa marche vers l’intĂ©rieur accumule les Ă©vĂ©nements, les rĂ©vĂ©lations, les dĂ©couvertes, les assimilations, les sĂ©diments significatifs. Intense, passionnĂ©e, sa veine rĂ©flexive a Ă©tĂ© marquĂ©e en permanence par des questions qui n’attendent pas de rĂ©ponse : elles cherchent seulement Ă  ĂȘtre formulĂ©es clairement, et Ă  ouvrir les fissures d’un mysticisme durablement enracinĂ©. Le voyageur persiste dans ses efforts d’élucidation, familier avec les rĂ©alisations spirituelles de tous les temps et de toutes origines. Son chemin avance en compagnie d’écrivains aussi divers que son admirĂ© Herman Melville et le symboliste mĂ©taphysique RenĂ© GuĂ©non, jusqu’à des auteurs peu connus du grand public. L’un de ces derniers, Roger Munier – diffuseur français de Heidegger, commentateur du mystique quiĂ©tiste AngĂ©lus SilĂ©sius, traducteur de haĂŻkus, qu’il « aurait aimĂ© rencontrer » – a Ă©crit des aphorismes Ă©nigmatiques, comme la citation qui titre ces paragraphes. Ces exemples contribuent Ă  illustrer les lectures prolifiques du peintre, sa vocation Ă  sonder les profondeurs, Ă  s’aventurer sur le territoire du secret, du miracle de la conscience et de l’émerveillement de vivre, et Ă  habiter les espaces de pensĂ©e les plus cachĂ©s et les plus poĂ©tiques.

 

«Il y a dans ce que je vois quelque chose que je ne vois pas. Qui fait la magie de ce que je vois.» Ce «quelque chose » est une zone grise, indĂ©terminĂ©e, oscillant entre le regard qui pĂ©nĂštre et l’esprit qui s’interroge. SimultanĂ©ment, paradoxalement, elle rĂ©vĂšle et cache les incapacitĂ©s de la raison Ă  aborder le mystĂšre de l’ĂȘtre ici, dans ce monde phĂ©nomĂ©nal inĂ©puisablement interprĂ©table, rĂ©sistant aux tautologies aussi connues et populaires que la dĂ©claration de Frank Stella: «Ce que vous voyez est ce que vous voyez.»  Parmi tant d’autres, le grand peintre amĂ©ricain Philip Guston s’accorde presque littĂ©ralement avec Munier: «La peinture n’est pas sur une surface mais sur un plan imaginĂ©. Cela bouge dans l’esprit. Ce n’est pas du tout lĂ  physiquement. C’est une illusion, un morceau de magie. Par consĂ©quent, ce que vous voyez n’est pas ce que vous voyez. Ces deux affirmations nous ramĂšnent au cĂ©lĂšbre dicton de LĂ©onard de Vinci, pour qui la peinture est «cosa mentale».

 

L’usage courant et ordinaire du sens de la vue rencontre des dĂ©fis particuliĂšrement complexes face Ă  des Ɠuvres picturales comme celles de Peschiera, peu enclines Ă  se laisser dĂ©finir par la raison. En Ă©largissant la voie conventionnelle – le mode automatique adoptĂ© par l’Ɠil pour reconnaĂźtre les objets – ces Ɠuvres conduisent de maniĂšre convaincante le spectateur Ă  l’intĂ©rieur du plan. Les espaces peints restent invariablement bidimensionnels, mesurables, tangibles, mais ils dĂ©gagent des qualitĂ©s indĂ©finissables, inhabituelles, inabordables par les mots. Face Ă  cela, nous ne pouvons que voir et rester silencieux. Les arts visuels en gĂ©nĂ©ral, et la peinture en particulier, ouvrent l’accĂšs Ă  des quadrants de sensibilitĂ© peu expliquĂ©s, mais non moins rĂ©els. Ils Ă©largissent les frontiĂšres connues, exposent les insuffisances verbales, recrĂ©ent des Ă©blouissements prĂ©conscients qui remontent au rituel palĂ©olithique, Ă  l’origine oubliĂ©e, enterrĂ©e par l’un des adversaires secrets de notre horizon artistique : la manie explicative, soi-disant dĂ©chiffrante, qui ne fait qu’abĂźmer le jeu silencieux entre les stimuli et les rĂ©ponses. Nous vivons saturĂ©s d’images, de concepts prĂ©digĂ©rĂ©s par les spĂ©cialistes, pleins de faux prophĂštes qui dĂ©crĂštent de temps en temps la mort de la peinture, du chevalet, pour qui les peintures Ă  l’huile et leurs solvants sont synonymes d’un passĂ© sans avenir. En vĂ©ritĂ©, les progrĂšs technologiques n’ont fait preuve que de naĂŻvetĂ©: des parodies alĂ©atoires en 3D, des substituts hypnotiques Ă  un public de masse de plus en plus infantilisĂ©, ignorant de toute la ligne des valeurs «dĂ©branchĂ©es».

 

L’art de Pedro Peschiera a atteint un niveau de qualitĂ© incontestable. Son excellence conservera une pertinence permanente, Ă  l’abri des changements et des modes passagĂšres. Il faut espĂ©rer que ces peintures seront un jour, espĂ©rons-le, pas trop lointain, incorporĂ©es dans des collections publiques, et que leurs rĂ©alisations seront diffusĂ©es comme musique de guĂ©rison, soulagement et antidote au dĂ©couragement gĂ©nĂ©ral. Ses peintures contrecarrent la platitude existentielle qui ravage toutes les couches sociales. Elles donnent de la dignitĂ© Ă  la vie, l’exaltent. Elles renforcent les dĂ©fenses individuelles en ces temps opaques, si enclins Ă  prĂ©cipiter l’indiffĂ©rence et des options dĂ©faitistes telles que le refuge dans les «zones de confort» tant Ă©voquĂ©es. Rien ne tombe du ciel, semblent-elles nous dire. À l’instar des gĂ©nĂ©rations qui ont construit les cathĂ©drales en dĂ©fiant la loi de la gravitĂ©, les oppressions et les dangers qui les guettaient, elles proclament que l’ñme humaine est capable d’entreprendre et d’accomplir des exploits apparemment inaccessibles. Ces Ɠuvres lumineuses poursuivent les diktats instructifs de transmissions culturelles ininterrompues, bien dĂ©cidĂ©es Ă  vivifier les rĂȘves lointains de l’espĂšce, Ă  ne pas mourir. La volontĂ© vitale contrecarre le non-sens. Elle peut le remplir de valeurs esthĂ©tiques et morales, affronter les terreurs et les incertitudes inhĂ©rentes Ă  notre condition. Une tĂąche insomniaque, constante, responsable, toujours Ă  portĂ©e de main.                                                   

Ricardo Wiesse R.

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